Mi pasión Griega (2ª parte)
Después de tantos años inventando mi propia geografía de las tierras helenas y adquiriendo, poco a poco, una imagen idealizada del país, cabía la posibilidad de que mi primer encuentro físico y real con Grecia resultara decepcionante. De hecho, Atenas me recibió por primera vez una bochornosa tarde de agosto, con 42 grados de temperatura y una posterior tormenta veraniega (la más violenta y estruendosa que recuerdo) que echó a perder mi primer paseo nocturno por sus calles.
Al día siguiente, como compensación, tuve la agradable sorpresa de abrir la ventana de mi habitación y encontrar justo enfrente las impresionantes columnas del templo de Zeus Olímpico. Era el verano de 1992 y en España (sumida entonces en los fastos del V Centenario, la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona) no cabía un alfiler, los precios de los alojamientos estaban por las nubes y resultaba más barato pasar quince días de vacaciones en cualquier destino de media distancia. La elección estaba más que clara: había llegado el momento de realizar el tan ansiado viaje a Grecia.
Me resulta del todo imposible relatar profusamente aquí, en unas pocas líneas, lo que he vivido y sentido en cada uno de mis viajes al país heleno; pero dejaré escritos algunos detalles, a modo de pinceladas, con los que seguro que más de un lector se sentirá fácilmente identificado.

Mi pasión Griega
La primera gran sorpresa fue comprobar la enorme simpatía y afinidad que existe entre los griegos y los españoles. Dos pueblos casi idénticos en muchos aspectos, a pesar de encontrarse cada uno de ellos en un extremo del Mediterráneo europeo. Me encanta la facilidad de los griegos para establecer conversación. Es muy extraño entrar a comprar en una librería de Exárjia o en una pequeña joyería de Plaka y que la conversación se limite a la mera transacción comercial. Y si además haces un mínimo esfuerzo por hablar su idioma es muy posible que hasta te digan que, con toda seguridad, has sido griego en una vida anterior. A mí, personalmente, me lo han dicho tantas veces y en tantos lugares que han terminado por convencerme de ello. En Milos, un viejo pescador llegó a decirme que en esa vida griega anterior mi nombre había sido Nikos. El buen hombre no supo jamás que acababa de regalarme la mitad del seudónimo con el que firmo las entradas de mi blog.
Otro elemento presente en todo momento en la vida griega es el mar. El mar, siempre cercano. El griego, aunque no lo vea, necesita intuir su presencia. El mar es siempre la referencia geográfica, la orientación. Por el mar llevó Grecia su cultura hasta las costas ibéricas; por el mar perdió también a miles de sus hijos que marcharon en busca de una vida mejor. Y en el mar, esparcidas al azar, como las cuentas de un komboloi roto, las islas. Tan hermosas y diferentes la una de la otra. Me recuerdo persiguiendo puestas de sol en Milos, bañándome de madrugada en Andros, sumándome a una danza circular en Tinos, conversando sobre fútbol con un pastor de Egina. Es inimaginable Grecia sin las islas, sin el mar.
También la historia, la literatura y los mitos salen al encuentro de uno en la moderna Grecia. Personalmente, he sentido esa presencia en Delfos, mientras contemplaba a mis pies el inmenso mar de olivos que llega hasta la bahía de Itea; en Micenas, donde esperaba toparme con las figuras de Agamenón y Clitemnestra en cada rincón de las ruinas de la ciudad. Sentimientos muy especiales también en Epidauro, en Olimpia, en Esparta… y por supuesto en la misma Atenas, tomando un café griego en plena calle Eolou, observando al mismo tiempo el paso de las modernas Afroditas y Ateneas, de los nuevos Apolos y Poseidones.
Muchísima gente no entiende por qué no vivo en Grecia de forma permanente. Algunos amigos griegos me aconsejan que no lo haga si es que quiero conservar esa especie de encantamiento que me envuelve cada vez que visito el país. No sé, no estoy del todo seguro. Si se dieran las circunstancias, me quedaría a vivir en Grecia con los ojos cerrados.
Estoy seguro de que cada uno de los que tenemos por costumbre acercarnos a Grecia siempre que nos es posible hemos adquirido ya nuestros propios hábitos, hemos creado nuestros círculos de amistades e incluso nuestras propias ceremonias de despedida. La mía consiste en subir a la ermita del profeta Elías, en Jaidari, la noche anterior a mi regreso a España, y contemplar en silencio el manto de luces que es Atenas de noche. Millones de estrellas a mis pies que titilan alrededor de la luz dorada del sol que parece ser la Acrópolis. Comienza así de nuevo la nostalgia, comenzó así “La Pasión Griega”.
Autor: Emmanuel Vinader “La pasión griega“


Me siento tremendamente identificada con este señor, parece que me esté leyendo a mí misma:D
“…subir a la ermita del profeta Elías, en Jaidari, la noche anterior a mi regreso a España…”
es verdad?
Que articulo tan conmovedor,emocionante !!!
Haz caso a tus amigos griegos: adora a Ellada desde la distancia, que de cerquita el encanto es facil de evaporarse (te lo dice una espanola afincada en atenas!)
Mi ritual se cumple cada vez que llego a Atenas: subir al Areópago para saludar a la ciudad, y si es posible esperar a la caída del sol , encaramada a la roca, colgada de mi acrópolis y soñando montañas lejanas más allá del Pentélico.
Es cierto: sueño con vivir allí, y porque es un sueño casi inalcanzable… por eso está allá como una idea de Plató: magnífica, remota, a la que siempre tiendo pero nunca llego…..
Emmanuel, no hagas caso de los desencantados que “tan maaal” lo están pasando en Grecia y que siguen viviendo aquí, sino a la legión de tus amigos griegos que estamos deseando tenerte entre nosotros.
Besos,
Eleni
Maraki, te doy toda la razón…
He vivido ambas cosas. Vivir alli y posteriormente pequeños viajes. Sin duda me quedo con el vivir en Grecia