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Égina para recordar

agosto 21, 2014 5 Turismo, Lo Ultimo No hay comentarios

Linda Baseggio.- Égina está tan cerca de Atenas que puedo permitirme el lujo de no oír el despertador, perder dos barcos y todavía conseguir visitarla (casi) entera. En los 40 minutos de trayecto en Flying Dolphin (13 euros sin descuento para estudiantes los fines de semana) tengo justo el tiempo para recordar con afecto el día de septiembre de hace dos años cuando, sin hablar una palabra de griego pero muy bien acompañada, desembarqué en ésta que fue mi “primera” isla griega. Entonces -habrá sido la novedad, el amor o la fiesta del Pistacho-, Égina me pareció la isla más maravillosa del mundo universal. Hoy no es la fiesta del Pistacho.

El Templo de Afaia | Linda Baseggio

El Templo de Afaia | Linda Baseggio

A pesar de todo, con 15 euros alquilo el derecho a recorrer las carreteras bajo forma de scooter amarillo Piolín. Observo el mapa y… ¡Esta isla se parece a España! Solo hay que cambiar Madrid por Pachia Rachi, Barcelona por Agia Marina, Vigo por el puerto de Chora. Antes que nada, voy directa al templo de Afaia (allá por Zaragoza) para rendir homenaje a esta ninfa que, acosada por Minos, se lanzó al mar desde Creta y llegó nadando hasta Égina, donde desapareció. Afaia significa desaparecida y no tiene nada que ver con la fealdad. De hecho, el templo es estupendo. Respiro hondo: por fin he completado el triángulo sagrado Partenón-Sounion-Afaia. Las cigarras se congratulan conmigo.

Llegar hasta aquí ha sido fácil: desde Chora-Vigo se sigue en dirección Agia Marina-Barcelona. Es irse que es difícil. Las indicaciones no son muy claras y parece que la ninfa no me quiera dejar ir. A la tercera vuelta decido bajar hacia Agia Marina. Me acordaba de un lugar remoto y paradisíaco, con un chiringuito pequeño de madera oscura, el sueño de cualquier eremita con una debilidad hacia al gin tonic. Lo que veo me deja sin palabras: el pueblo se ha transformado en una máquina para turistas: tiendas de objetos baratos por un lado, tabernitas sin pretensiones por el otro y un mega “beach bar” a lo largo de toda una ladera de la montaña. Se habla tanto de crisis económica, pero el dinero para destrozar un pueblo de mar se encuentra siempre.

La madre, de Christos Kapralos | Linda Baseggio

La madre, de Christos Kapralos | Linda Baseggio

Todavía muy chocada, arranco en dirección a la costa boreal y, después de haber pasado otra vez por el desvío hacia el templo de Afaia, me puedo relajar en la carretera que une Vagia con Plakakia, que es casi un camino del norte en salsa tzatziki: quiero ver el museo del escultor griego Christos Kapralos que está justo en zona “Finisterre”.

El mar está picado y las olas llegan hasta la carretera. El viento mueve la scooter peligrosamente cerca de los coches que me adelantan. No es fácil conducir en estas condiciones y casi no reparo en la casa cuadrada con ventanas azules que, a la altura de “La Coruña”, hace esquina asomándose al mar: es la de Nikos Katzantzakis, el autor cretense que vivió aquí durante la ocupación alemana y aquí trabajó intensamente traduciendo y escribiendo. Ahora, como entonces, se oye solo el mar. “Se lo debo todo a la soledad”, nos dice el autor de Zorbas el griego desde su oasis de paz. Y a la luz, y al mar tan azul y al canto de las cigarras. ¡Qué pena que esta scooter no se mueva con motor a viento!

Una gran estatua que representa a una mujer absorta en sus pensamientos y su pañuelo me confunde aún más: ¿Estoy en Égina o en Galicia? ¿Y ésto es Kapralos o Castelao? Lamentablemente es la hora de la siesta y el museo está cerrado: me quedo con la sospecha de la insondable comunión artística que une los dos norestes de países tan lejanos. Tanto pensar me abre el apetito y me dirijo hacia el puerto para comer lo que normalmente como cuando viajo: kalamakia jiriná sketa. Aparco la scooter cerca de la iglesia de la Presentación de la Virgen (τα Εισόδια της Θεοτόκου) y mejoro mi dieta proteica con las vitaminas de Nektaria, que tiene un banquito de fruta y vegetales en el muelle y cobra desde el barco.

Siguiendo sus indicaciones voy hacia la “Andalucía” de Égina. Las playas están en la costa oeste y tienen nombres tan evocadores como Marathonas, Aiginitissa, Perdika. Las rocas que emergen del agua como escamas de chocolate delatan un origen volcánico de esta parte de la isla y sirven de playa sin arena.

Nektaria y sus vitaminas | Linda Baseggio

Nektaria y sus vitaminas | Linda Baseggio

En la pequeña ensenada antes de llegar a Perdika me topo con un lugar fantasmal: el abandonado complejo hotelero Aegina Maris. Un hotel de cinco plantas con las puertas arrancadas y las habitaciones como órbitas vacuas, un puñado de bungalows que se desliza como una avalancha de dientes de leche hasta la playa donde unas sombrillas de colores todavía quedan en pie, mientras la que se ha caído se mueve con las olas como después de un naufragio. Es un estupendo día de verano, pero confieso que este lugar me da escalofríos. De repente, un chico en vaqueros y camiseta azul se asoma a una de las ventanas del primer piso del hotel y me mira fijamente: las scooter aparcados cerca de la entrada no son de bañistas sino de cazafantasmas. Por lo menos, espero.

Volver de Perdika, un antiguo pueblo de pescadores transformado en taberna para turistas, hacia el puerto de Chora me descubre tramos de carretera llana y fresca de eucaliptos y cañaverales besados por el viento del mar. Devuelvo la scooter con una hora de adelanto y visito un poco la que fue la primera capital de la República Helénica en 1828. Testigo de esa época Kapodistriana son los edificios neoclásicos que embellecen la ciudad. No tengo tiempo para visitar ningún museo, ni para quedarme y asistir a los conciertos de Festival Internacional de Música y me da un poco de pena.

Camino del muelle me entra la vena filosófica. Volver a Égina ha sido muy raro: un salto en el tiempo y en el espacio y una pequeña aventura plagada de descubrimientos, unos mejores que otros, como la vida misma. Por suerte, el viaje de vuelta con el mar bastante alegre, ataques de pánico y mareos entre los pasajeros e intentos de pegarle a la azafata me devuelven rápidamente a la realidad ateniense.

Cómo llegar: desde la Puerta 8 del Pireo salen los barcos hacia las islas Sarónicas. Desde allí se puede optar por un Flying Dolphin (40 minutos, 13 euros) o por un Ferry (60 o 90 minutos, 8,5 – 9,5 euros). Importante: los billetes se compran en las taquillas delante de los barcos -solo en el ferry se pueden adquirir también a bordo si vamos con retraso. Si hay huelga o en casos de emergencia, también se puede viajar en Sea Taxi, un barco rápido para 20 pasajeros que cuesta alrededor de 30 euros por persona.

En la página web www.aeginagreece.com se pueden encontrar todas las informaciones necesarias para organizar nuestro viaje a la isla.

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