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Niebla

Abril 7, 2017 7 Columnas, La Lola se va a los puertos No hay comentarios

Es la segunda vez que me pasa. Tú puedes tener muy claro que no, que no quieres liarte más ni tener más responsabilidades de las que tienes. Puedes intentar hacer la vista gorda y te alegras una y otra vez de que el destino no te ponga en una situación irrenunciable. Pero, cuando tiene que pasar, pasa.

La primera vez fue con Mini. Estábamos pasando unos días en una playa cercana a Atenas, ya nos volvíamos esa noche para nuestra casa cuando, a la hora de la comida, aparecieron los niños con una gatita diminuta. ¡Dejadla donde la habéis encontrado, que seguro que su madre está cerca!. Hasta ese momento me había funcionado con los miles de millones de gatos que encontrábamos en cualquier rincón de Grecia.

La dejaron donde la habían encontrado y volvieron a donde estábamos nosotros. Apareció primero el niño, luego la niña, y a dos metros, la gata.

Bueno, venga, le damos un poquito de leche y vosotros iros a jugar, que seguro que ella se va por su lado. Y se fueron, y mi marido y yo nos fuimos a las tumbonas a leer un rato. Y abrí mi libro y me puse a leer, y a los cinco minutos, plín, saltito de la gata que se me sube y se acomoda em mi regazo y se queda plácidamente dormida. Mi marido contempla la escena. Yo le digo ¿y ahora qué hacemos?. Contesta: pues me parece que tenemos gato. Y hasta hoy.

Tener un gato es algo relativamente fácil (si te gustan, claro), son muy independientes y limpios. No hay que sacarlos, salen ellos solos y vuelven a dónde saben que comen. Mini pasó a formar parte de nuestra familia de la manera más natural, y siempre que nos decían ¿habéis adoptado a una gata?, contestábamos: no, nos ha adoptado ella a nosotros.

Pues antes de ayer volvió a pasar. Llevé al niño a su clase de caballo y cuando llegamos, vimos un perro que no habíamos visto antes. ¡Qué bonito!, dije yo, se parece a Niebla (a los niños les tuve que explicar que así se llamaba el perro de Heidi… y quién era Heidi, porque no lo han visto en su vida).

Como si nos hubiera oído, el perro vino hacia nosotros, se sentó, y nos dio la pata. Luego nos acompaño a la zona de cafetería, donde comprobamos que no era perro, sino perra.

El señor que nos pone los cafés, nos advirtió que no le diéramos de comer, que había aparecido el fin de semana anterior (llevaba collar), y que no querían que se quedara. Le dije que no tenía comida para darle, a lo que el señor reaccionó metiéndose en la cafetería y saliendo con una loncha de jamón para la perra (?). “Si quieres te la puedes llevar, nadie la ha reclamado”. No gracias.

El dueño de la hípica fue el segundo en decirnos que nos la lleváramos. Y un profesor con el que suelo intercambiar simplemente un hola y un adios, también me dijo que parecía muy buen perro, que me lo llevara. Y yo, que no, gracias.

Para ese momento, mi niña , que normalmente no suele acercarse a los animales porque es “pelín” miedosa, ya se había hecho íntima, y ahí iban las dos, paseando de un lado por otro, parándose para darse la pata mutuamente.

Llegó el momento de la partida y empezó el “andaaaaa mamiiiii”. Y yo ¡Que no!. Y la perra caminando con nosotros hasta el coche. “mamiiiiiii”, ya con lágrimas incluídas. Bueno, yo abro el maletero, si se mete, veremos. No se mete. Así que les digo ¿Véis, no se quiere venir? y pongo en marcha el coche y empiezo a circular hacia la carretera. Y la perra corriendo un metro por delante de nosotros. Paro el coche. La perra se para en medio de la carretera. Me bajo. Ven aquí mujer, que te van a atropellar. Viene. Se sienta, me da la pata.

Llamo a mi marido. Tenemos un problema, le digo, y le cuento. Bueno, me contesta, tráete el problema a casa, y ya veremos. Subo a la perra al maletero y se pasa el trayecto mirando por la ventana tan feliz. Y mis hijos más. Paramos a comprar comida donde nos informan que era una perra pastora y que tiene pinta de no haber llegado al año. Y que crecerá aun más.

Esa noche urmió en el jardín sin decir ni esta boca es mía y a la mañana siguiente nos recibió con saltos, arrumacos y ofrecimientos de patas varios.

Primer paso: llevarla al veterinario, para ver si tiene chip. Pero claro, con lo sucia que está la pobre… voy a llevarla a la pelu de la tienda de mascotas, que la adecenten. La recojo a las dos horas, limpita, con aspecto de oso amoroso y con una bandana que le han regalado los de la tienda por lo simpática y guapa que es.

Llego a la veterinaria. Tiene chip. Le mando un mensaje a mi marido. Su repuesta “Que bien, qué pena”. Le informo de que están buscando los datos. Mientras, la miro comerse las galletitas que le ha dado la veterinaria para que esté tranquila -que lo está-. Que bonita y tranquila es. Bueno, yo he hecho mi buena obra de hoy, pienso, mejor así.

Vuelve la veterinaria: no hay datos asociados al chip. Por lo visto a veces se los ponen los veterinarios cuando son cachorros y a lo mejor el dueño tiene intención de venderlos o regalarlos y no lo ponen a nombre de nadie. ¿Y entonces qué hago?. Pues puedes irte por todos los veterinarios de la zona, dándoles el número del chip, por si alguien la ha reclamado. O puedes quedártela si no aparece nadie.

A mis hijos ya les había advertido: Imaginaros que se nos pierde Mini y al cabo de unos días nos llaman para decirnos que ha aparecido. ¿No os pondrías locos de contentos?, pues eso va a pasar si aparece el dueño de la perra, así que no quiero dramas ¿de acuerdo?, de acuerdo.

Nos volvemos a casa, ella feliz cuando ve que volvemos al mismo sitio del que salimos. Le he comprado un hueso y se pone a retozar en el césped, sólo dejándolo para venir a hacerme carantoñas y darme la pata.

Los griegos tratan bien a los perros sin dueño. Los llaman “adéspotas” y la leyenda cuenta que son la personificación (perrificación, en este caso) de los espíritus de los dioses del Olimpo . Nuestra diosa se llama Niebla. Nos han vuelto a adoptar.

Lola Larreina para AtenasDigital.com

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