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El liceo de Aristóteles

julio 31, 2014 3 Cultura 1 comentario

Marcos G. Breuer.- En 1996 debía comenzar la construcción de un nuevo museo de arte contemporáneo. El proyecto contaba con el apoyo de la fundación Gulandrí. La idea era utilizar el amplio baldío ubicado en la calle Riguili, entre la mansión Sarogleion (el club de los oficiales de las fuerzas armadas) y el conservatorio de música. Pero cuando se comenzó con la limpieza del predio, aparecieron unas ruinas. Los arqueólogos no tardaron en identificarlas. Eran, nada menos, que los restos de un gimnasio, del gimnasio llamado “Lykeion” donde, entre otras cosas, Aristóteles había fundado su escuela, el Liceo. El proyecto inicial debió abandonarse. La dirección de arqueología se encargó de realizar las excavaciones necesarias y de acondicionar el lugar; el antiguo baldío se convirtió, así, en un sitio de interés histórico y de recreo. Hace unas semanas, desafiando el calor tórrido del verano ateniense, se abrieron las puertas al público tras 18 años de espera.

El recorrido

El liceo desde la entrada al predio

El liceo desde la entrada al predio

Una vez que se ingresa al predio por la calle Riguili, se sigue un amplio sendero de gravilla que rodea los restos del Liceo. Hay bancos para sentarse y sitios de información distribuidos a lo largo del recorrido. El resto del predio está parquizado – un verdadero jardín con césped, flores y árboles mediterráneos. La riqueza de la flora recuerda el interés de la escuela aristotélica por la botánica y las ciencias naturales. Mientras Platón y sus discípulos en la Academia tendían más bien al misticismo y se destacaban en las matemáticas, Aristóteles y sus seguidores en el Liceo se interesaban por el estudio de la naturaleza.

En realidad, poco queda del antiguo gimnasio y de las sucesivas remodelaciones de que fue objeto a lo largo de los siglos. Un cuarto de hora basta para ver y fotografiar todas las ruinas. El atractivo, más bien, lo suple la imaginación. Así, sentado en un banco a la sombra de uno de los árboles, uno cierra los ojos y se remonta, primero, al siglo VI antes de Cristo, mucho antes de Aristóteles y su escuela. Uno se imagina que el barullo de fondo no viene de la avenida Vasilisis Sofía, sino del Iliso, el río que pasaba por los alrededores y que hoy no existe más porque las autoridades griegas permitieron eliminarlo brutalmente cuando, a partir de la década de 1950, Atenas dejaba de ser una ciudad pequeña para convertirse en el laberinto de cemento que es hoy. Siempre con los ojos cerrados uno entrevé, allí donde hoy está el Hilton, el Museo Bizantino o la parada del metro “Evangelismós”, un templo ancestral dedicado a Apolo, a “Apolos Lykeios”, esto es, al dios Apolo que protegía de los lobos (lykoi) a los pastores de la zona. De ese templo tomó el nombre el gimnasio, Lykeio, Liceo. También uno alcanza a ver cómo a lo largo y a lo ancho de la palestra, en el centro del gimnasio, se reúnen jóvenes musculosos; están desnudos y sus pieles bronceadas brillan con el aceite que se han untado. Algunos conversan, otros se entrenan: boxean y luchan entre ellos. Aquí y allí hay maestros, vestidos con sus túnicas blancas, que los supervisan.

Al fondo, el conservatorio

Al fondo, el conservatorio

Pasan los siglos en nuestra mente y el lugar ha cambiado. Donde estaba la antigua palestra los atenienses han construido ahora una nueva y más grande. El liceo es uno de los principales gimnasios de la ciudad. Los jóvenes concurren diariamente no sólo a entrenarse, sino también a estudiar, a seguir las lecciones de los filósofos y a leer los papiros. Parten de sus casas, ubicadas en lo que hoy es Plaka, dejan la ciudad atravesando la Puerta de Diochares y luego continúan hacia el este por la calle que lleva a Mesogeía. Antes de toparse con el Iliso, está el Liceo. Atenas es una de las ciudades más bellas e importantes de todo el mundo antiguo. Filósofos de la talla de Sócrates y Protágoras dan clases en el gimnasio.

Una generación más tarde, en el 335 antes de Cristo, Aristóteles, que ya ha abandonado la Academia de Platón, elige este lugar para fundar su propia escuela. Aristóteles también organiza allí una biblioteca que pronto adquiere gran prestigio y que solo será superada en importancia por la biblioteca de Alejandría. Por las mañanas, Aristóteles da un paseo por el Liceo con sus mejores alumnos y discute con ellos las teorías que está elaborando. Por la tarde, comparte el paseo con todo aquel que quiera escucharlo. Habla siempre con claridad; es enciclopédico, didáctico, sagaz. Por su afición a las caminatas la gente los llama a él y a sus discípulos “los peripatéticos”. Tras la muerte de Aristóteles, la escuela quedará a cargo de su amigo Teofrasto.

Por nuestras cabezas vuelven a pasar, veloces, los años. Atenas ya es parte del imperio romano. El Liceo sigue siendo un centro de entrenamiento y de formación, pero la filosofía de Aristóteles ahora ha perdido mucho del interés que tenía. Los griegos y los romanos se interesan por nuevas tendencias, por las doctrinas de Epicuro, por el estoicismo, por el misticismo de inspiración platónica. La vida se ha vuelto una carga y la filosofía busca procurar un alivio. Pronto llegará el cristianismo, que primero será un movimiento marginal, un culto practicado por plebeyos y esclavos, pero que no tardará en volverse una religión poderosa e influyente. Para entonces, Atenas ya habrá perdido la importancia de entonces; ahora serán otras ciudades el centro del mundo: Roma y, después, Constantinopla.

De golpe, sopla una leve brisa y nos alivia por unos instantes del calor agobiante. Volvemos a entornar los ojos y estamos ya en el siglo IV de nuestra era. Atenas es ahora una ciudad empobrecida y provinciana. Sus habitantes se han embrutecido; la mayoría de ellos ha vuelto a las tareas rurales; a pocos les interesan las nuevas ideas. Y, así, un día el Liceo cierra sus puertas por siempre. Los saqueos, el abandono, la acción lenta e inexorablemente de la naturaleza van desmembrando, indiferentes, el antiguo gimnasio y enterrando sus restos, hasta que todo queda sepultado por dieciséis siglos.
Abrimos los ojos y allí están las ruinas, relucientes. Es hora de irse. Hace demasiado calor este mediodía de julio.

Marcos G. Breuer
filósofo
www.marcosbreuer.com

Nota: El Liceo está abierto de las ocho de la mañana a las ocho de la noche y la entrada es gratuita.

Hay 1 comentario en esta entrada:

  1. Madelyn dice:

    Muy buen artículo, Marcos. Tu viaje en la imaginación es más que sugerente …

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